La La Land

Publicado el día 22 de Junio del 2017, Por Ian Freer

Terminando una fiesta sin alma en Los Ángeles, la aspirante a actriz Mia conoce al músico frustrado de jazz, Seb, en un bar.

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Tanto en la vida como en la pantalla grande, la alegría pura y sin adulterar es algo que no se encuentra tan fácil. Eso es lo que hace a la irresistible La La Land de Damien Chazelle una película aún más entrañable. Además de ser una mirada cercana a los musicales clásicos de MGM, es una carta de amor a todo el género, tan ligera en sus pies como Fred Astaire, tan grande en el corazón como Judy Garland. Así como Whiplash de Chazelle fue intensa, La La Land, especialmente la primera mitad, es libre y sin preocupaciones, impulsada por un puñado de canciones nuevas (pónganse de pie Justin Hurwitz, Benj Pasek y Justin Paul) y la trama se vuelve llevadera gracias a la química entre Gosling y Stone.

La película recibe mucho sabor de su retorcida herencia. Es una versión indie americana de una versión new wave francesa de un clásico del género americano: tiene parte de New York, New York, parte The Umbrellas Of Cherbourg, parte Singin’ In The Rain. Una mejora de mayor presupuesto al cortometraje musical de Chazelle Guy And Madeline On A Park Bench, la historia – aspirante a actriz Mia (Stone) conoce a pianista de jazz Seb (Gosling), todo es miel sobre hojuelas hasta que la oportunidad se interpone entre ellos – es la mismísima simplicidad, pero es avivada por trucos narrativos muy al estilo Pulp Fiction. La caprichosa genialidad de la película se presenta en la secuela inicial. En papel, la idea de que en un embotellamiento en la carretera de la nada unos tipos se pongan a cantar y bailar suena tan atractivo como una endodoncia sin anestesia, pero en este caso un solitario cantante va creciendo hasta estallar en el flash mob mas grande del mundo capturado perfectamente por la cámara de Chazelle. El cliché se convierte en un disturbio de color y euforia. Más tarde Chazelle abraza por completo la cursilería (Seb y Mia bailan entre las estrellas, en el Observatorio Griffith, y cantan bajo luces tenues en las calles) pero aún así todo el amor que le tiene la película a lo retro no se siente empolvado. Es al revés, el ingenio y puesta en escena de Chazelle hacen que lo vintage se sienta nuevo.